La mirada de Laurent Pelly sobre 'Falstaff' llega al Liceu

Año 1893: Verdi, con 80 años, asiste al estreno de Falstaff en La Scala. Como gran acontecimiento, entre el público se encuentran la princesa Letizia Bonaparte y los compositores de ópera italianos Pietro Mascagni y Giacomo Puccini. El propio compositor salió a saludar al escenario, ovacionado al final de cada acto.

Verdi, con una carrera extensa y excepcional, que ocupa casi dos tercios del siglo XIX, quería despedirse con una gran obra cómica. Devoto de la obra teatral de William Shakespeare, escribe dos grandes obras maestras: Macbeth (1847) y Otello (1887), y elige Falstaff como texto para su próxima ópera. Solo un genio de la altura de Giuseppe Verdi podía despedirse de la lírica exclamando con sarcasmo y socarronería «Tutto nel mondo è burla»: la moraleja final de esta comedia agridulce en la que el compositor mostraba una vitalidad extraordinaria y una modernidad sorprendente.

Verdi revolucionó la ópera con Falstaff: la ópera abandona la estructura tradicional de números cerrados y apuesta por una música continua y fluida; la comicidad deja de ser puramente burlesca y se vuelve más humana, irónica y psicológica; la orquesta adquiere un papel dramático esencial y comenta constantemente la acción y a los personajes; la partitura destaca por su ligereza, transparencia y refinamiento tímbrico; Verdi otorga gran protagonismo a los conjuntos vocales y a una escritura polifónica muy sofisticada; la ópera comienza sin obertura y entra directamente en la acción teatral.

El tándem Boito-Verdi recupera a un anciano hedonista y algo cobarde, sir John Falstaff, antiguo compañero de armas del futuro Enrique V de Inglaterra, ahora abandonado a la bebida, la gula, la lujuria y la fanfarronería; marchito, escaso de dinero, grotesco y presuntuoso, pero con un talento cínico y una inteligencia que le otorgan un atractivo irresistible. «¡Onore!» merecería un extenso estudio de paralelismos: la pronuncia Falstaff para burlarse del mismo concepto que tanto significa para Otello. Dos mundos antagónicos servidos en las dos últimas óperas del compositor.

Con Falstaff, la última ópera de Giuseppe Verdi, Laurent Pelly encuentra un territorio ideal para desplegar una de sus grandes virtudes como hombre de teatro: la capacidad de convertir la comedia en una mirada lúcida sobre la condición humana. Concebida en régimen de coproducción entre el Teatro Real, el Théâtre Royal de La Monnaie de Bruselas, la Opéra National de Bordeaux y la Tokyo Nikikai Opera Foundation, esta producción sitúa la acción en un universo contemporáneo, reconocible y cercano, sin traicionar nunca el espíritu shakespeariano que inspira el libreto de Arrigo Boito.

Lejos de cualquier lectura caricaturesca o excesivamente burlesca, Pelly construye un espectáculo que combina realismo, fantasía y una observación sutil de los mecanismos sociales. El protagonista aparece inmerso en un mundo de pequeñas ambiciones, apariencias y deseos frustrados, un entorno que el director francés transforma en un espejo de la sociedad contemporánea. La comicidad nace de las situaciones, de los detalles y de las relaciones entre los personajes, pero también de una profunda comprensión de sus debilidades.

La escenografía de Barbara de Limburg contribuye decisivamente a esta lectura. Los espacios evolucionan a lo largo de la obra y parecen reflejar el universo interior de Falstaff: desde la atmósfera cerrada y casi asfixiante de la taberna inicial hasta la apertura progresiva de un mundo cada vez más imaginario. El recorrido culmina en la escena nocturna del parque de Windsor, donde la realidad se disuelve en un espacio poético y misterioso que permite la aparición de la fantasía sin perder el contacto con el humor terrenal de la obra.

Pelly, que firma también el diseño del vestuario, dibuja una galería de personajes extraordinarios. Las mujeres —Alice Ford, Meg Page, Mistress Quickly y Nannetta— emergen como el verdadero motor dramático de la historia. Inteligentes, solidarias y llenas de energía, son ellas quienes dirigen el juego teatral y desenmascaran las pretensiones masculinas. Esta dimensión coral constituye uno de los grandes aciertos de la producción, que convierte a la comunidad en protagonista y refuerza el carácter de obra de conjunto que Verdi imaginó.

El Falstaff de Pelly no es solo un viejo caballero ridículo ni un simple objeto de burla. Es un ser profundamente humano, vulnerable y contradictorio, capaz de despertar tanto la risa como la compasión. Su vitalidad desbordante, su amor por los placeres terrenales y su obstinación por desafiar el paso del tiempo lo convierten en una figura sorprendentemente cercana. En este sentido, la producción evita el juicio moral y prefiere celebrar la humanidad imperfecta del personaje.

El Falstaff de Laurent Pelly se convierte en una celebración exuberante de la juventud, del deseo y del juego teatral. Todo el universo de la ópera gira en torno a la mascarada, el engaño y la transformación constante de los personajes. Las mujeres de Windsor construyen una gran conspiración escénica para ridiculizar a Falstaff con inteligencia e ironía.

La música se mueve con una agilidad vertiginosa, como una danza llena de vitalidad y humor. La juventud aparece asociada al amor, a la astucia y a una energía capaz de renovarlo todo, mientras que Falstaff intenta resistir el paso del tiempo refugiándose en la seducción y la fantasía. La mascarada final transforma la realidad en un espacio casi mágico y carnavalesco. Disfraces, bromas e identidades fingidas convierten la ópera en un gran juego. Su puesta en escena, situada en el siglo XX, reflexiona sobre la fragilidad humana y concluye con un espejo en el que se refleja el propio público como destinatario final de la gran fuga y que nos propone reírnos de nosotros mismos. Con una agilidad teatral fuera de lo común y gestos dramáticos imprevisibles, culmina en una fiesta teatral en la que la propia vida aparece como una inmensa y deliciosa ficción.

Una partitura inolvidable en manos de Josep Pons, que se despide del público del Liceu como director titular, tras 12 maravillosos años al frente de la formación.

Víctor Garcia de Gomar
Director artístico del Gran Teatre del Liceu