Werther, amante apasionado y atribulado, encarna el martirio del amor y la sensibilidad extrema. Su muerte, elevando el suicidio a un gesto trágico y poético, inspiró el “efecto Werther” y aún hoy reflexiona sobre el dolor, la melancolía y la fragilidad humana.
Marina Tsvetáieva, mi poeta-médium, escribió que Goethe había liberado a Werther de la peste ofreciendo a su héroe la muerte que el personaje deseaba fervorosamente: un disparo en la cabeza y una larga agonía antes de morir. La peste del amor, decía ella; Goethe lo libera de la peste del amor. Y es verdad: Roland Barthes hizo de Werther la figura arquetípica que estructura Fragmentos de un discurso amoroso. Para Barthes, Werther encarna al amante pasional y atribulado, la intensidad ardiente, el deseo absoluto y la condena final: el suicidio. Pero Werther funciona sobre todo como ejemplo de otra cosa: de cómo el discurso del enamorado se estructura a partir de mitos, repeticiones históricas y lugares comunes. Barthes no teoriza sobre el sentimiento del héroe, sino que disecciona sus palabras emotivas. Y es la muerte, ese destino fatal, la que salva a Werther de la peste del amor, cierto. Pero la muerte es, sobre todo, otro tópico de la pasión desbordada. ¿De qué otra manera puede terminar el amor no correspondido?
Sin embargo, la muerte de Werther es mucho más que el lugar común que fundaron los románticos, la mala estrella que persigue a los enamorados solitarios. La leyenda dice que desató una verdadera pandemia de suicidios entre jóvenes europeos que, tras haber leído el libro —y haberlo leído bastante mal— se vistieron como el héroe, se apuntaron la pistola en la sien y se volaron la cabeza de un disparo. De aquí surgió la idea de que escribir sobre el suicidio es contagioso y que conviene no hablar de él si no queremos acabar matándonos todos: el efecto Werther. Y su reverso es el efecto Papageno, que recurre a La flauta mágica y al deseo frustrado de Papageno de colgarse cuando se le aparecen mágicamente los tres genios para recordarle que vivir vale la pena. Escribir sobre el suicidio lo previene, y conviene hablar de él si no queremos acabar matándonos todos.
Contando aparte, Werther representa el martirio del amor y de la sensibilidad extrema, y también la fundación de un nuevo estilo internacional de sufrimiento, como decía Al Alvarez. Vivir no es fácil, y vivir con intensidad lo es aún menos. Él se mata por una causa elevada, que no es material ni pragmática: el amor es el motivo. Su gesto convirtió el suicidio en una declaración elegante y elevada, alejada del malestar prosaico y banal, como lo eran el dinero.
Hoy el gesto de Werther nos parece desmesurado: ¿quién se mata por pasión? Cuando los jóvenes europeos se suicidaban disfrazados de héroe, un oficial dijo que alguien que se mata por no poder dormir con su enamorada es un idiota, y que un idiota más o menos en el mundo no tiene ninguna importancia. Entendemos a qué se refería. Aun así, el sufrimiento del joven aún nos sirve de espejo, nos atrae. Los motivos que llevan a alguien a suicidarse son, hoy, inescrutables y misteriosos: hay desamor y pobreza, soledad e incomprensión, melancolía y miedo, dolor y angustia, enfermedad. Sea como sea, el dolor de Werther, aquel joven desatado, aún dice algo de nosotros; tiene que ver con esos momentos en que la existencia falla, cuando vivir resulta pesado y fastidioso, cuando el futuro se oscurece de mala manera y el pasado se convierte en una losa. Esto es, también, lo que le ocurre a Werther: hay veces en que la vida se vuelve un lenguaje ilegible, en que existir resulta ser algo insoportable. Creo que esta obra trata de eso.
Pol Guasch
Escriptor