De la vida del faraón Akhenatón se sabe poco. Así, aunque la ópera quiere mantener un alto nivel de fidelidad histórica, hay escenas que dejan un espacio para la imaginación. Aquí es donde Phelim McDermott, prestigioso actor y director escénico inglés, aprovecha la oportunidad para convertir esta producción de 'Akhnaten' en un gran espectáculo visual, con la participación de un gran número de figurantes, malabaristas, juegos de luces, proyecciones digitales y, como no podía ser de otra manera en una ópera sobre Egipto, un diseño arquitectónico digno de un faraón.
Aunque el extenso catálogo de Philip Glass (Baltimore, 1937) incluye más de una veintena de obras que se pueden considerar óperas, la verdad es que el compositor establecido en Nueva York siempre ha querido mantener cierta distancia con el género. De hecho, la primera vez que Glass se adentró en el territorio del teatro musical lo hizo desde la orilla de la vanguardia más rompedora, adoptando una postura abiertamente antitradicional. Para entender el origen de Akhnaten, por tanto, hay que situarse a principios de la década de 1970. En esa época, Glass era un compositor emergente dentro del circuito del downtown de Nueva York —la escena en la que se creaba el lenguaje minimalista y que no tenía lugar en auditorios ni salas de conciertos, sino en galerías de arte y apartamentos particulares. Philip Glass era entonces un autor con poca obra y aún menos público, pero tenía un estilo consolidado —basado en la repetición y modulación hipnótica de acordes que creaban una frenética sensación de movimiento— y una red creciente de contactos, entre los que se encontraba el compositor Steve Reich, con quien acabaría enemistado, y el dramaturgo Robert Wilson.
Con el paso de los años, Bob Wilson se ha convertido en uno de los grandes directores escénicos de la ópera contemporánea, pero hacia 1972 era, al igual que Glass, un inconformista heterodoxo que buscaba sacudir los cimientos del teatro de vanguardia. Juntos comenzaron un proyecto titulado Einstein on the Beach, que, por la falta de una palabra más adecuada, se catalogó como ópera: consistía en una serie de escenas muy estáticas, sin canto ni acción, pero con una carga intelectual profunda, basadas en la vida y los descubrimientos científicos de Albert Einstein. Tras el estreno y el éxito que la obra tuvo en Aviñón y Nueva York en 1976, Glass pasó de ser un compositor amateur a convertirse en la nueva sensación de la vanguardia popular. Entre la serie de encargos que empezó a recibir —bandas sonoras y grabaciones de discos, sobre todo— llegaron peticiones de más óperas en la línea de Einstein on the Beach. En 1980 estrenó Satyagraha —sobre la vida de Mohandas Gandhi, cantada en sánscrito—, y en 1981 la Stuttgart Opera le pidió expresamente una obra que acabaría siendo Akhnaten, y que Glass planteó como el cierre de una trilogía sobre grandes personalidades de la historia: si Einstein representaba la ciencia y Gandhi encarnaba la política, el faraón Akhenatón le permitía hablar de religión.
“Akhnaten fue la primera ópera de Glass con un desarrollo argumental fácil de seguir, con partes cantadas en inglés, pero sin renunciar nunca a su estilo musical transgresor.”
De las tres primeras óperas de Glass, Akhnaten es la que tiene un lenguaje operístico más cercano a las convenciones, sin dejar de ser una experiencia aún próxima al teatro de vanguardia y no a la ópera tradicional. Por ejemplo, hay partes declamadas y cantadas en inglés, como el aria del protagonista en el segundo acto —hasta entonces, en la música escénica de Glass casi no había texto, o el texto se expresaba de manera abstracta, como en Einstein on the Beach, o en una lengua muerta, como en Satyagraha—, así como un dúo de amor y un trío, además de una imponente presencia del coro. Y, lo más importante, Akhnaten tiene argumento. Así, la ópera sigue la vida del faraón dividida en varias escenas, que comienzan con el funeral de su padre, Amenhotep III, y continúan con su coronación, para seguir con la revolución religiosa que impulsó: el abandono del panteón de dioses egipcios para rendir culto al dios único Aton —Aten en el texto operístico—, que representa el disco solar. A partir de aquí, la ópera muestra la construcción de la ciudad de Aton, la vida de Akhenatón en la nueva capital, la rebelión de los sacerdotes y la eliminación completa de su historia, con un salto en el tiempo que llega hasta el siglo XX y nos permite tomar distancia de la historia y admirar aún más la potencia del mensaje transgresor del faraón, que continúa resonando en nuestros tiempos, aunque hayan pasado casi 3.500 años.