Entre los años 1976 y 1980, Philip Glass estrenó dos piezas de teatro musical —'Einstein on the Beach' y 'Satyagraha'— que expandían los límites conocidos de la ópera. A pesar de su lenguaje repetitivo y un alto nivel de abstracción, estas propuestas conquistaron a un público ávido de novedad y abrieron a Glass las puertas para la creación de otra ópera, 'Akhnaten', con la que cerró una trilogía sobre figuras históricas revolucionarias. La obra se centra en Akhenatón, faraón del siglo XIV a.C. que impulsó una reforma religiosa monoteísta, y que sirve a Glass para indagar en el misterio del antiguo Egipto.
A mediados del siglo XIX, el descubrimiento de una nueva excavación arqueológica en Al-Amārna —un rincón del Nilo a pocos kilómetros al noreste del Valle de los Reyes, en Egipto— dio a conocer la existencia de un faraón del que los historiadores no habían tenido noticia hasta ese momento. El misterioso monarca se llamaba Akhenatón —era el sucesor de Amenhotep III y el predecesor del célebre Tutankamón—, y había ejercido el poder en el momento más próspero del llamado Imperio Medio, a mediados del siglo XIV a.C. Este silencio de casi 35 siglos se explica porque, tras morir violentamente —los estamentos burocrático y religioso se rebelaron contra él—, se ordenó que no quedara rastro de su nombre. Y es que Akhenatón había hecho algo inédito y provocador, una auténtica herejía: impuso una visión monoteísta de la religión egipcia, declaró que los viejos dioses —Isis, Horus, Ra, etc.— fueran sustituidos por un dios único, Atón, representación del disco solar, y ordenó la construcción de una ciudad consagrada a este nuevo culto.
Afortunadamente, no todo rastro de Akhenatón se ha perdido. Con el paso de las décadas se han ido descubriendo inscripciones, cartas, estatuillas y otras pistas grabadas en piedra que han ampliado el escaso conocimiento que tenemos sobre la vida y los hechos del faraón. Este conocimiento terminó convirtiéndose en una gran fascinación para mucha gente, especialmente durante la segunda mitad del siglo XX —y más teniendo en cuenta el carácter heterodoxo y pionero de Akhenatón, que defendió la visión monoteísta un siglo antes del Moisés histórico. El compositor Philip Glass también se sintió seducido por el misterio de Akhenatón y el llamado período de Al-Amārna, que comprende sus 17 años de reinado. Así, cuando tuvo la oportunidad de iniciar el proceso de creación de una nueva ópera, hacia 1981, este fue el tema que eligió: un Egipto misterioso iluminado por el poder del sol.
“Estrenada en 1984, Akhnaten es el majestuoso cierre de la trilogía de óperas minimalistas que compuso Philip Glass a partir de figuras históricas revolucionarias.”
Glass se encargó de la música y del libreto. En la creación del texto —que consiste en un collage de fragmentos antiguos y modernos que aluden directamente a Akhenatón en varias lenguas (egipcio antiguo, acadio, hebreo e inglés)—, recurrió, sin embargo, a la ayuda de especialistas, principalmente del egiptólogo Shalom Goldman, con el fin de dotar de mayor rigor a la ópera. La obra se estructura en una serie de escenas sobre momentos conocidos de la vida del faraón y su corte, con una presencia importante de la reina Nefertiti, la familia y su círculo político más cercano. Aun así, Akhnaten —el nombre de la ópera es una licencia artística de Glass, ya que el faraón nunca ha aparecido escrito con esa fonética en ninguna fuente histórica— no pretende ser una ópera documental, sino una inmersión en el misterio de un hombre excepcional que intentó llevar a cabo una revolución del pensamiento avanzada para su tiempo, en la que se mezclan realidad y leyenda. Akhnaten se encuentra, por tanto, a medio camino entre el rigor, la especulación fundamentada y un punto de fantasía libre.
Esta es la idea que Phelim McDermott, el director escénico de la producción que ahora llega al Liceu, toma como punto de partida para convertir Akhnaten en un espectáculo monumental. Cuando recibió el encargo de revivir la tercera ópera de Glass para la English National Opera y estrenarla en 2016, McDermott optó por transmitir, en sus propias palabras, “una visión mítica e idealista” del antiguo Egipto. A partir de diversas estrategias escénicas, como un vestuario lujoso, una caracterización detallada de los personajes, una distribución escénica en pisos superpuestos —algunas escenas presentan espacios elevados para el coro y los figurantes— y recursos técnicos como el mapeo en 3D de imágenes en el fondo del escenario, Akhnaten constituye una exuberante fantasía llena de simbología e imágenes que evocan la época de los faraones.
Por ejemplo, algunos espacios escénicos están creados a partir de diseños arquitectónicos tomados de las excavaciones conservadas, y sobre el telón o el fondo del escenario se proyectan jeroglíficos y figuras extraídas de relieves encontrados en templos y tumbas. A su vez, McDermott propone un tipo de vestuario, maquillaje y joyería próximos a lo que se considera propio de la época. Además, para suplir la acción limitada de la ópera, también llena el escenario con recursos como telas, fondos luminosos, coreografías y —un elemento singular en esta producción— la presencia de un conjunto de figurantes especializados en juegos de malabares. Este es posiblemente el aspecto más impactante de la producción, y lo que ha hecho que haya triunfado previamente en Los Ángeles y Nueva York: los malabares acompañan el desarrollo frenético de la música minimalista de Glass de manera obsesiva. En resumen, el Egipto de Akhnaten no es el real, pero sí una versión que nos mantendrá atrapados en el asiento y con los ojos bien abiertos.
“Después de pasar por Londres, Los Ángeles y Nueva York, el Liceu estrena en España una ópera clave del siglo XX, con una producción espectacular de Phelim McDermott.”
Esto no significa que en esta propuesta de Akhnaten no haya preocupación por el rigor. Algunas escenas se sirven de la información que tenemos sobre el Imperio Medio —las relaciones familiares, la vida cotidiana, el proceso de momificación de los reyes— y transforman los conocimientos especializados en un recurso dramático. Por ejemplo, en Egipto se creía que si el corazón de un difunto era tan ligero como una pluma, el tránsito al más allá sería fácil. En este sentido, en la primera escena —que recrea el funeral de Amenhotep III, el padre de Akhenatón— se ve cómo los sacerdotes pesan el corazón del rey y certifican que ha tenido una buena muerte. Este es un ejemplo claro de lo que ofrece la producción de McDermott: un contraste dinámico entre fantasía y rigor, entre espectáculo y función narrativa, que se encuentran, como el corazón y la pluma, en un equilibrio perfecto.