Compuesta en solo seis semanas a principios de 1832, 'L’elisir d’amore' surgió sin estar prevista pero se convirtió en uno de los mayores éxitos de Donizetti. Con una trama de amor no correspondido y un toque cómico —un enamorado estafado con un elixir mágico—, la ópera combina melodías memorables, situaciones divertidas y un profundo interés por los sentimientos de los personajes, reflejando el espíritu romántico y una fórmula que aún hoy cautiva al público.
Gaetano Donizetti fue un compositor extraordinariamente prolífico. En su listado de óperas compuestas en apenas 25 años de actividad –que incluye, además de sus grandes éxitos y piezas hoy olvidadas, también ejercicios del conservatorio, revisiones y varios títulos póstumos o incompletos que no llegó a estrenar en vida–, se han contado cerca de 75 creaciones. Pero si hubo un año especialmente agitado en su vida profesional, ese fue 1832, el del encargo, la composición apresurada y el estreno triunfal de L’elisir d’amore. Esta era una ópera, de hecho, que Donizetti no tenía planeada componer (puesto que ya tenía tres encargos en marcha), y su historia comienza con una petición imprevista y urgente: Alessandro Lanari, el empresario del teatro Canobbiana de Milán –el segundo más importante de la ciudad, después de la Scala–, necesitaba con premura una ópera para estrenar su temporada de primavera, después de que otro compositor –el famoso Pacini– decidiera abandonar el proyecto que le había prometido. Había muy poco tiempo, y Donizetti, que era famoso por trabajar con agilidad y cumpliendo los plazos, aceptó la tarea aprovechando la inercia que le había proporcionado la ópera que acababa de terminar, Il furioso all’isola di San Domingo, en la que había trabajado con el libretista Felice Romani.
Romani era por entonces una estrella de la literatura operística, y aceptó seguir el ritmo infernal exigido a Donizetti. En estas circunstancias, todo podría haber salido mal, pero milagrosamente el resultado fue una obra maestra, uno de los últimos grandes títulos cómicos del bel canto italiano del primer tercio del siglo XIX. De hecho, se considera que L’elisir está entre los últimos grandes éxitos –al que hay que añadir otra pieza posterior de Donizetti, Don Pasquale– de la ópera bufa, un género que había vivido su mejor momento a finales del siglo XVIII y que había alcanzado su apoteosis con Rossini. Juntos decidieron abordar una historia que había tenido buena recepción algunos años antes en Francia, la ópera Le philtre, de Daniel Auber, con libreto de Eugène Scribe, que a su vez había sido adaptado de una historia italiana del XVIII.
«L’elisir d’amore es un puente entre la ópera bufa de finales del siglo XVIII y el romanticismo, combinando el humor y el interés por las emociones de los personajes»
La historia trata sobre Nemorino, un campesino ingenuo y de buen corazón que está enamorado de Adina. Pero Adina no le corresponde. Cuando un estafador llamado Dulcamara –que se hace pasar por doctor y vende remedios mágicos– llega al pueblo, Nemorino le pregunta si tiene el filtro de amor de la reina Isolda, que ha conocido a partir de una historia que le gusta a Adina. Ese filtro, supuestamente, hará que cualquier persona se enamore de él. Dulcamara le vende vino barato haciéndole creer que tendrá un efecto mágico. Al principio, Nemorino tiene dudas, pues Adina accede a casarse con el sargento Belcore. Pero cuando muere un tío suyo rico y le deja una fabulosa herencia –sin él saberlo–, todas las chicas del pueblo quieren casarse con él. Finalmente, Adina reconocerá su amor, y la pareja tendrá un final feliz. Es una trama sencilla, llena de equívocos y fórmulas de éxito para provocar la risa, pero también tiene un ángulo idealista –muy romántico, en definitiva– que atrajo al público y le dio a la ópera un aire de modernidad.
Esta es, por tanto, la fórmula nada secreta, pero difícil de conseguir, del Elisir: personajes bien definidos, un progreso narrativo un tanto disparatado, pero lógico dentro de la formulación de la comedia y, por supuesto, uno de los mejores esfuerzos compositivos de Donizetti, que tuvo la habilidad de conseguir algunas de las melodías más memorables de su carrera. Y todo ello compuesto a toda prisa, en seis semanas de vértigo que terminaron cuajando en una ópera cómica que siempre funciona, y que se ha vuelto inmortal.