En 3 minutos

'La Gioconda' en el Liceu una obra maestra del romanticismo italiano entre Ponchielli y Boito

Basada libremente en un drama de Victor Hugo, cuenta una terrible historia de venganza: Barnaba, un espía de la Inquisición veneciana enamorado de La Gioconda, maquinara para satisfacer su lujuria y su sed de venganza. Escrita para una orquesta y un coro inmensos y seis voces principales en todas las tesituras, es una obra monumental que eleva las virtudes de la mejor ópera romántica.

La Gioconda es una isla extraña y fascinante en el inmenso mar de la ópera italiana. Estrenada en 1876 con gran éxito, pero con pequeñas imperfecciones que Amilcare Ponchielli depuró en la versión definitiva de 1880, es prácticamente la única obra del repertorio en italiano creada entre el estreno de Don Pasquale (Donizetti, 1843) y Cavalleria rusticana (Mascagni, 1890) que no lleva la firma de Verdi. Decimos “prácticamente” porque con cierta frecuencia también se recupera Mefistofele (1868), de Arrigo Boito, pero, en todo caso, esta inmensa soledad de La Gioconda explica muchas cosas. Sobre todo, la importancia absoluta que tuvo Verdi en la ópera de su tiempo y lo difícil que fue encontrar un sucesor de su genio, que no aparecería hasta Puccini. Por lo tanto, el hecho de que esta obra de Ponchielli haya encontrado un espacio propio en un abismo tan grande habla muy bien de su calidad y vigencia.

Escena de La Gioconda (©Luciano Romano)

La Gioconda es una ópera que conecta diferentes tradiciones históricas del siglo XIX. Es un drama genuinamente romántico –rico en pasiones desbordadas: odio, celos, furor amoroso, compasión–, pero al mismo tiempo mantiene fuertes conexiones con un pasado ilustre y un futuro que, aunque tardaría unos años en llegar, esta obra ya fue capaz de intuir. Cuando Verdi decidió dejar de componer óperas en 1871, tras el estreno de Aida, la escena italiana se sumió en una inmensa crisis. Y ante el vacío que dejaba tras de sí el maestro, los compositores comenzaron a buscar inspiración en tendencias extranjeras, sobre todo en la tradición de la grand opéra francesa y en el nuevo lenguaje propuesto por Wagner. La Gioconda prácticamente no tiene ningún rasgo wagneriano, pero sí buscó –y logró– alcanzar una síntesis entre la monumentalidad al estilo francés, el bello lirismo de la escuela italiana y la profundidad literaria de los dramas de Verdi. Y aquí juega un papel fundamental el libretista, que ya hemos mencionado: Arrigo Boito.

“A medio camino entre la grand opéra francesa, el drama romántico al estilo de Verdi y el futuro verismo, La Gioconda es una isla única en el mar tan rico de la ópera italiana”

Boito fue un agitador de la vida cultural italiana del último tercio del siglo XIX, un aspirante a artista total que se veía capaz de crear por sí mismo la música y la poesía de sus óperas. Su Mefistofele fue una obra imperfecta y polémica, pero el editor Giulio Ricordi vio en él, sobre todo, un gran potencial como libretista. Y cuando Verdi abandonó la escena, sedujo a Boito para que escribiera libretos para los dramas italianos del futuro, entre ellos el de La Gioconda, una adaptación libre de un drama de Victor Hugo: Angélo, tyran de Padoue. Ricordi creía que la partitura debía ser compuesta por un autor más experimentado –en protesta por no haber recibido el encargo de la música, Boito decidió firmar el libreto con un seudónimo, usando el anagrama Tobia Gorrio–, y la combinación entre el tradicionalismo de Ponchielli y el vanguardismo de Boito terminó cristalizando en una gran obra que, en muchos pasajes, también anticipaba el nacimiento del estilo verista.

Escena de La Gioconda (©Luciano Romano)

La ópera cuenta una truculenta historia de venganza: la de Barnaba, un espía al servicio de la Inquisición veneciana en el siglo XVII, contra La Gioconda, una cantante callejera de la que está enamorado, pero que no le corresponde. La Gioconda tiene a su cargo a su madre, la Cieca, ya anciana, y la primera maniobra de Barnaba es hacer creer al pueblo de Venecia que esta mujer es una bruja que debe morir en la hoguera. Una aparición milagrosa –Laura, la esposa del inquisidor Alvise– salvará a la Cieca de la muerte, pero al mismo tiempo propiciará el encuentro entre Laura y su amor de juventud, Enzo, que es el prometido actual de La Gioconda. Enzo deberá decidir entre dos pasiones y, finalmente, elegirá a Laura, dejando a la Gioconda en una situación difícil que, a la postre, la conducirá a la muerte cuando Barnaba aproveche sus debilidades para humillarla. El argumento es altamente enrevesado y romántico, pero va acompañado de una música sublime, que equilibra los pasajes orquestales tempestuosos con el lirismo más bello, y que no ha dejado de seducir al público durante 150 años de historia.