Momentos musicales clave

'La Gioconda' en el Liceu con Saioa Hernández, Ekaterina Semenchuk y un elenco excepcional

'La Gioconda' vuelve al Liceu con una producción monumental que combina drama, pasiones extremas y música sublime. Con un elenco excepcional que incluye a Saioa Hernández, Ekaterina Semenchuk, Michael Fabiano y Àngel Òdena, esta ópera italiana del romanticismo une la grandeza de Ponchielli con la vanguardia de Boito, ofreciendo una experiencia lírica y escénica que destaca por su intensidad, lirismo y virtuosismo vocal.

Acto I, Barnaba
“O monumento!”
Líricamente hablando, esta intervención de Barnaba no sería la más destacada del primer acto. Voce di donna, de la Cieca, suena mucho más emotiva, y Celo e mar!, cantada por Enzo en el acto siguiente, es mucho más apasionada. Pero esta aria tiene algo importante: es una construcción psicológica perfecta de Barnaba como un villano despiadado, una descripción del mal absoluto que provoca escalofríos y que no solo anticipa el terrible final de la ópera, sino otra creación literaria similar del libretista Arrigo Boito: el personaje de Iago en el excepcional Otello (1887) de Giuseppe Verdi.

Acto III, ballet
“Dansa de les hores”
Una de las influencias ineludibles en la creación de La Gioconda fue la grand opéra francesa, un género que en la década de 1870 estaba lejos de su mejor momento, pero que aún dominaba comercialmente los teatros de Europa. Una de las convenciones de la grand opéra consistía en la inclusión de un ballet –siempre en el segundo o tercer acto–, y Ponchielli tuvo el gran acierto de encontrar las melodías encantadoras de la “Danza de las horas”, un número que encuentra un buen equilibrio entre la pasión romántica y los ritmos graciosos de los cortesanos del siglo XVIII, como la gavota y el minueto.

Acto IV, la Gioconda
“Suicidio!”
La Gioconda siente que lo ha perdido todo. Su madre está retenida como rehén por Barnaba, y su amante, Enzo, está encarcelado –y si logra salir de prisión, huirá con Laura, su amor de juventud–, y ante la acumulación de tantas desgracias y la imposibilidad de imaginar una solución positiva, contempla la muerte. Esta aria es la pieza central de la ópera, el momento culminante de la soprano dramática, en el que debe mostrar toda su fuerza, pasión desbordante y capacidad para tomar decisiones horribles. Si la primera aria de Barnaba remite a Otello, “Suicidio!” también anticipa otro hito futuro: Tosca.

En escena

En 150 años de historia, La Gioconda nunca ha perdido el favor del público. Esto no significa que sea una ópera inmune a las críticas: históricamente se le ha reprochado tener un argumento muy enrevesado y mostrar pasiones exageradas, poco acordes con la época en que fue creada, cuando la fiebre romántica empezaba a estar pasada de moda y el género buscaba un enfoque más realista. Pero hay un aspecto en el que la partitura de Ponchielli es ejemplar: está escrita para seis grandes voces (una para cada tesitura: bajo, barítono, tenor, contralto, mezzo y soprano), y para este tipo de cantantes con técnica depurada y resistencia física portentosa, capaces también de integrar un registro actoral muy trabajado. En este sentido, es una ópera más cercana a la generación italiana que irrumpe a partir de la década de 1890 –el personaje protagonista está escrito para el mismo tipo de sopranos dramáticas que interpretan Tosca o Turandot– que a la tradición del bel canto de principios del siglo XIX. Por eso también goza de la buena reputación de La Gioconda como una obra que sirve de puente entre el pasado y el futuro de la ópera italiana, uniendo lo mejor de Verdi con lo mejor de Puccini –e incluso con lo mejor del Wagner romántico–, y que permite ser un vehículo de lucimiento para cantantes en la cúspide de su madurez.

Saioa Hernández
 Ekaterina Semenchuk

Todo esto también significa que el éxito de una representación de La Gioconda depende en gran medida de la presencia de un elenco capaz de asumir un reto realmente difícil, porque no solo hay que cantar con delicadeza, sino también hacerlo con un sentido actoral muy refinado y un volumen suficiente para imponerse a la orquesta, que en esta ópera alcanza dimensiones titánicas. En el rol principal, escrito para soprano dramática, contamos con dos artistas portentosas muy conocidas por el público del Liceu: Saioa Hernández y Ekaterina Semenchuk. Para Hernández, seguramente, estas funciones serán muy especiales, porque su debut en Barcelona fue precisamente con La Gioconda, en la temporada 2018-2019. Quienes asistieron a aquellas funciones podrán constatar también cómo ha crecido el perfil de la artista madrileña, hoy convertida en una de las divas dramáticas más importantes de su generación. Semenchuk, por su parte, regresa al Liceu después de las funciones de Macbeth y Turandot en temporadas anteriores.

John Relyea
Alexander Köpeczi
Alexander Köpeczi

Cada papel principal de La Gioconda tiene, en esta producción, dos cantantes asignados. El personaje antagonista, el malvado Barnaba, escrito para barítono, es interpretado por el tarraconense Àngel Òdena y el italiano Gabriele Viviani, mientras que el otro papel central masculino, el de Enzo Grimaldi, lo defienden dos extraordinarios tenores spinto: el estadounidense Michael Fabiano, ya habitual del escenario del Liceu, y el germano-brasileño Martin Muehle. El papel de Laura Adorno corresponde a dos mezzosopranos que siempre bordan sus actuaciones: la rusa Ksenia Dudnikova, que debuta en el Liceu, y la armenia Varduhi Abrahamyan. El inquisidor de Venecia, Alvise Badoero, un papel para registro grave, lo cantan los bajos John Relyea y Alexander Köpeczi, y el de la Cieca, para contralto, está a cargo de una leyenda, la lituana Violeta Urmana, y de una promesa, la húngara Anna Kissjudit. Todas las funciones están dirigidas por el maestro Daniel Oren, que deberá lograr que el coro, la orquesta y las voces solistas rindan al máximo nivel para que la grandiosidad y el lirismo de esta ópera se combinen a la perfección.