'Manon Lescaut', ópera de Puccini estrenada en 1893, narra la pasión y la tragedia de una joven atrapada entre el amor y el lujo. La versión contemporánea de Àlex Ollé en el Liceu presenta a Manon como una inmigrante sin papeles que busca seguridad, con Asmik Grigorian encabezando un reparto que transmite intensidad, vulnerabilidad y la urgencia de una historia universal de deseo y caída.
Manon Lescaut, ópera en cuatro actos estrenada en 1893 en el Teatro Regio de Turín, está basada en la obra Histoire du chevalier des Grieux et Manon Lescaut (1731), del abad Prévost, que también sirvió de inspiración para la ópera Manon, de Jules Massenet. «Manon es una heroína en la que creo y, por tanto, no puede dejar de ganarse el corazón del público. ¿Por qué no puede haber dos óperas sobre Manon? Una mujer como Manon puede tener más de un amante», escribía el propio Puccini a su editor.
Manon Lescaut fue su tercera ópera y la que representó su primer gran éxito. Le dio una fama duradera y marcó el comienzo de una colaboración fructífera con los libretistas Luigi Illica y Giuseppe Giacosa, con quienes escribió tres obras maestras: La Bohème (1896), Tosca (1900) y Madama Butterfly (1904).
Cuando Manon conoce al joven estudiante Des Grieux, se enamoran y huyen juntos, pero cuando el anciano Geronte ofrece a Manon una vida de riqueza y lujo, ella se detiene y sigue esa vida de placeres. Incapaz de olvidar a Des Grieux, Manon intenta huir de nuevo con él, pero antes de que puedan escapar, Geronte arresta a Manon. Aun así, logran escapar, sin saberlo, hacia el infierno. Manon se derrumba de agotamiento y muere en brazos de Des Grieux mientras le dice que lo ama. Todos los esfuerzos han sido en vano.
La puesta en escena de Àlex Ollé tiene su origen en la Ópera de Frankfurt. En la introducción previa, unos vídeos nos explican que Manon y su hermano Lescaut cruzan una valla fronteriza y entran como inmigrantes ilegales. El acoso que ella sufre a causa de su belleza y atractivo físico desemboca en abuso y explotación. Con el vestuario urbano de Lluc Castells y la escenografía de Alfons Flores, Ollé hace transitar a estos personajes inflamados de amor y de dudas sobre la virtud o los placeres por una estación de autobuses, un club de bailarinas de pole dance en el que Manon es la estrella o unas celdas claustrofóbicas como paso previo a la deportación. La presencia constante de unas letras gigantes que forman la palabra love es el recordatorio de esta pasión amorosa imprevisible como hilo conductor de la ópera.
Asmik Grigorian, una de las mejores sopranos de la actualidad, es la protagonista y ofrece una gran creación vocal e interpretativa. Inocente y vulnerable, la Manon que Ollé dibuja para Grigorian se expresa, junto al tenor estadounidense Joshua Guerrero, con intensidad, frivolidad y una pasión firme.
La urgencia de Manon Lescaut hoy reside en su fuerza como metáfora de un mundo que promete felicidad inmediata a cambio de la pérdida progresiva de la libertad. Puccini retrata una sociedad en la que el deseo —económico, social, emocional— acelera las decisiones hasta volverlas irreversibles, y en la que el amor queda atrapado entre el lujo como espejismo y la precariedad como destino. Manon no cae por frivolidad, sino por la presión de un sistema que convierte el cuerpo, el afecto y el futuro en mercancía. En este sentido, su tragedia habla con una urgencia contemporánea: la de una humanidad seducida por el instante, empujada a consumirse a sí misma antes de haber aprendido a amar sin miedo.
Por otra parte, en una lectura relacionada con las redes sociales, Manon Lescaut emerge como una alegoría contundente del culto contemporáneo a la apariencia. Puccini anticipa un mundo en el que el deseo ya no nace de la experiencia, sino de la mirada de los otros: Manon aprende muy pronto que existir es ser vista, y que el valor personal se mide en joyas, privilegios, lujos y promesas exhibibles. Como en las plataformas digitales, el amor se convierte en escenografía, el lujo en identidad y la felicidad en un relato editado. El núcleo de la obra gira en torno a esta deriva: cuando la vida se vive como si fuera una vitrina permanente, la caída no es un accidente, sino el único final posible de un sistema que confunde visibilidad con verdad.