'La zorrita astuta' es una de las obras compuestas por Leoš Janáček en su vejez, cuando estaba a punto de cumplir 70 años. Inspirada inicialmente en un simpático cuento infantil checo, el músico decidió adaptar la historia original para tratar aspectos de naturaleza filosófica que le preocupaban en aquel momento de su vida: la relación entre los seres humanos y los animales, y el ciclo de la naturaleza, que siempre exige el tránsito necesario de la muerte para poder renacer y renovarse. Escrita en un lenguaje armónico heredero del romanticismo y del mejor modernismo, es una de las grandes óperas de todo el siglo XX.
Como se trata de una ópera protagonizada por animales —y una de las poquísimas óperas de todo el repertorio con esta característica—, muchas veces se ha considerado que La zorrita astuta debe de ser una obra más fácil de asimilar para un público infantil o juvenil, o al menos no tan exigente como otros títulos más «adultos». Este punto de vista es comprensible cuando los personajes de la historia son ranas, un tejón, un perro, mosquitos, gallinas, un pájaro carpintero, un búho… Y como ocurre con las fábulas clásicas de Esopo o de La Fontaine, la personificación de los animales ayuda a derribar una primera barrera de acceso para los espectadores más jóvenes —como también sucede en algunas películas clásicas de Walt Disney—; sin embargo, todo esto no oculta que el trasfondo intelectual de esta ópera es mucho más profundo. Los temas principales que Janáček quiso abordar en La zorrita astuta son dos: por un lado, estudiar la relación entre los seres humanos y los animales —a veces simbiótica, pero casi siempre imposible debido al conflicto eterno entre la civilización y la vida salvaje—, y por otro, reflexionar sobre el ciclo eterno de la vida, que siempre conlleva el rito de paso de la muerte inevitable, pero también el del renacimiento. Es por ello que la protagonista de esta ópera, la zorra Bystrouška, muere al final, pero lo hace sin patetismo ni heroicidad. Simplemente, la muerte llega y hay que aceptarla, sea como sea.
La producción dirigida por Barrie Kosky, estrenada en la Bayerische Staatsoper de Múnich —teatro coproductor de la puesta en escena junto al Liceu—, sigue al pie de la letra, de hecho, los deseos de Janáček: respeta los temas centrales y trata la obra como una pieza inteligente, seria y madura. No en vano, lo primero que se ve al alzarse el telón es un funeral: varios hombres —que después veremos en la ópera caracterizados como el Guardabosques, el Cazador furtivo o el Tabernero—, vestidos de riguroso negro y envueltos en la penumbra del escenario casi sin iluminación, echan tierra sobre un agujero, que se convertirá en un elemento escenográfico recurrente. En clara conexión con el final de la ópera, están enterrando a la zorrita astuta. Pero tras la muerte, llega un nuevo ciclo: en la primera escena emerge la naturaleza exuberante que describe el libreto, en un claro del bosque, donde aparecen toda clase de animales. Y he aquí la primera gran innovación técnica de la propuesta escénica de Barrie Kosky: en lugar de reproducir el bosque —y el resto de localizaciones— con decorados, se sirve de una espesa cortina de luces que, ocupando todo el espacio del escenario tanto en sentido horizontal como vertical, ayuda a construir los lugares de la historia. Esta flexibilidad, además, permite que la ópera se represente íntegramente sin interrupciones, uniendo los tres actos en un arco temporal de 100 minutos.
«Reconocido por su acercamiento cómico a la ópera, Barrie Kosky minimiza en esta producción la carga humorística y profundiza en los aspectos filosóficos y morales.»
Kosky se ha ganado una reputación muy sólida en la ópera del siglo XXI como uno de los principales directores de escena con inclinación hacia el humor y la búsqueda de soluciones originales a situaciones complicadas —el público del Liceu con varias temporadas a sus espaldas sin duda recordará su versión de La flauta mágica de Mozart utilizando recursos del cine mudo—. Sin embargo, en su producción de La zorrita astuta, el director alemán ha querido ser fiel al deseo de Janáček, y el humor aparece solo puntualmente, evitando sobre todo la tentación de presentar la ópera como una propuesta especialmente dirigida al público joven. Como es habitual, Kosky no renuncia por completo a su estilo: por ejemplo, la escena de la huida de la zorrita de la casa del Guardabosques al amanecer, tras liberar a las gallinas y comérselas, se acerca a la estética del teatro de variedades y refuerza la idea de pantomima que especificó el compositor. Pero en conjunto, la puesta en escena es sobria y simbólica. La idea de que los seres humanos y los animales pertenecen a mundos distintos que no deben mezclarse se expresa mediante el vestuario: ningún personaje está caracterizado como animal, pero mientras los humanos visten de riguroso negro, los animales llevan ropas claras que reflejan la luz del escenario, rodeados de un aura mágica.
Y, al final, todo desemboca en la idea principal de la historia: la vida es un flujo eterno que exige un ciclo de renovación constante: lo que nace debe morir para poder renacer de nuevo; y nadie en esta ópera es ajeno a este ciclo ni puede evitar formar parte de él. Los hombres capturan y matan a la zorra, y al mismo tiempo la zorra —y el resto de los animales— hacen todo lo posible por sobrevivir, ya sea engañando, matando para alimentarse o chupando la sangre del Guardabosques dormido, como hace el mosquito. La tesis de Janáček es que la naturaleza viva no puede juzgarse con criterios morales, y por eso sus personajes humanos también son ambiguos, capaces de lo peor y de lo mejor.
«Los animales y los humanos están diferenciados en la visión de Kosky: los primeros están envueltos en luz y llevan ropa clara, los segundos son oscuros y visten de negro.»
En su producción, Barrie Kosky ha sustituido el humor directo por el encanto de una escenografía inundada de luz, que se expande como una vegetación exuberante cuando la vida está en su esplendor, y que deja espacio a la acción en los momentos argumentales más decisivos: el enamoramiento de la zorrita astuta y el jilguero de plumaje dorado, la muerte de la protagonista, y las dos escenas del Guardabosques al principio y al final, cuando el ciclo de la naturaleza persiste en mantener el proceso de cambio cíclico. Al final, La zorrita astuta no es una ópera para niños, pero Kosky tampoco renuncia a que la veamos (y la escuchemos) con la inocencia y la capacidad de sorpresa que tendríamos si estuviéramos descubriendo, justo en ese momento, la crueldad y la belleza.