Sobre la producción

'La Gioconda' entre la luz y la sombra de una Venecia decadente

'La Gioconda' es la última gran ópera del romanticismo italiano, un puente entre los dramas exaltados de Verdi –se estrenó cuando el maestro se había retirado de la vida pública– y la escuela verista liderada por Puccini. Inspirada por la grandiosidad de Wagner y la ópera francesa, la historia nos transporta a una Venecia oscura y peligrosa en la que todas las pasiones humanas, desde los celos hasta el odio, desde la venganza hasta la compasión, desde la fe hasta el deseo sexual, aparecen en su forma más cruda, sin matices.

La Gioconda es una ópera completamente inseparable de Venecia. Hay otros títulos en el repertorio que también tienen relación directa con localizaciones concretas –esto ocurre, por ejemplo, con Tosca y Roma, o con Andrea Chénier y París–, pero en el caso de la obra de Ponchielli, el libreto indica de manera tan precisa los espacios donde transcurre la acción que cualquier director de escena tendría problemas para proponer una escenificación abstracta o trasladarla a otra ciudad por puro capricho. Por tanto, no hay muchas opciones: una producción de esta pieza clave del romanticismo italiano exige que haya canales, escalinatas de mármol, puentes y agua, y además ha llegado un momento en que el público no puede concebir una nueva representación de La Gioconda sin que vaya acompañada de un tour por la ciudad de la laguna.

Escena de La Gioconda (©Luciano Romano)

El joven director de escena francés Romain Gilbert lo entendió así, y cuando recibió el encargo de una nueva producción de La Gioconda –por parte del Teatro San Carlo de Nápoles y del Gran Teatre del Liceu, que hará coincidir las representaciones de 2026 con el 150º aniversario del estreno de la ópera en Milán–, decidió que la presencia de Venecia era innegociable, pero que construiría una Venecia diferente de la que muestran las postales y las fotografías de las guías turísticas. El libreto escrito por Arrigo Boito, por ejemplo, indicaba que el primer acto debía desarrollarse cerca de la Boca del León –un antiguo buzón para depositar denuncias anónimas ante la Inquisición veneciana–, y más concretamente, el situado en el primer piso del patio interior del Palacio Ducal, justo al lado de la magnífica Scala d’Oro; el radio de la acción se extendía hasta la Piazzetta –el extremo de la plaza de San Marcos que da a la laguna– y a la entrada de la basílica que se encuentra al fondo del patio. El tercer acto tiene lugar en el interior de la Ca d’Oro –el palacio más famoso del Gran Canal–, y el cuarto, en un enclave oscuro de la isla Giudecca, tradicionalmente el lugar más pobre y truculento de la ciudad, donde siempre sucedía algo terrible.

“Coincidiendo con el 150º aniversario de su estreno en Milán, el Liceu recupera una de las piezas clave del repertorio romántico italiano, una tormenta perfecta de emociones”

La decisión de Gilbert para la puesta en escena fue finalmente evocar la Venecia lúgubre y traidora, pero sin caer en una literalidad previsible. Por ejemplo, el decorado del primer acto no imita el patio del Palazzo Ducale, pero sí que es un gran emplazamiento veneciano –hay un espacio abierto, un edificio noble, una iglesia y se intuye el agua a la derecha–, que cualquier persona podría encontrarse paseando por las calles de la ciudad. Al mismo tiempo, Gilbert ha superpuesto diversas versiones de Venecia: está la luminosa, la del Carnaval y la fiesta, la de la alegría, algo que se transmite principalmente en el tercer acto con el famoso número de la Danza de las horas, que recrea un ballet de corte y los personajes de la commedia dell’arte con fidelidad histórica gracias a la coreografía de Vincent Chaillet y el vestuario de Christian Lacroix. Pero junto con la Venecia monumental, también existe la Venecia nocturna, aquella en la que el crimen y la traición acechaban en cada rincón. Seguramente, esta es la solución escénica más lograda de la producción, ya que además subraya de manera intensa todo el mal que recorre la historia, y que encaja bien con el curso histórico que empezó a recorrer Venecia en el siglo XIX, cuando se convirtió en una ciudad abandonada, decadente, y donde la riqueza de siglos anteriores dio paso a la proliferación de todo tipo de historias de fantasmas y relatos deprimentes.

Escena de La Gioconda (©Luciano Romano)

Gracias al trabajo de iluminación de Valerio Tiberi, la Venecia que se presenta en esta propuesta está sumergida en un claroscuro que sirve muy bien para mostrar las fuerzas morales que luchan en esta historia, el mal absoluto representado por Barnaba y la generosidad suicida de La Gioconda. En el primer acto, hay un equilibrio entre sombras y luces; es un momento de la historia que transcurre de día, y todavía hay un margen de esperanza antes de que se desate la catástrofe. Pero a medida que avanzan los actos y la acción se desarrolla de noche y en espacios apartados de Venecia, el peso metafórico de la oscuridad es cada vez mayor. De este modo, la producción de Gilbert acentúa la sensación de fatalidad y el crecimiento exponencial de la maldad, que culmina de manera insoportable en el cuarto acto y el cierre de la ópera.

“La producción de Romain Gilbert se ajusta fielmente al libreto y propone una escenografía clásica, con juegos de sombras, que nos transporta a la Venecia del siglo XVII”

Lo hace sin tener que forzar una situación que, por sí misma, ya es exagerada en el aspecto dramático: a Gilbert le basta con una localización evocadora y un juego de luces oportuno para crear una atmósfera adecuada, dejando que la trama se desarrolle sin distracciones y que los cantantes puedan rendir vocalmente. Porque el gran valor de La Gioconda reside en su colección de melodías de gran belleza. Esta es un eslabón fuerte en la cadena histórica que conecta el bel canto de principios del siglo XIX con la generación del verismo de Mascagni y Puccini –a quienes, por cierto, Ponchielli enseñó en el conservatorio de Milán–, y los momentos de delicadeza y pasión afloran en los instantes más inesperados. Es una ópera difícil de cantar y los intérpretes necesitan que todo a su alrededor facilite la concentración y el esfuerzo vocal. Esta producción tiene esto en cuenta, y por eso es tan adecuada: nos sumerge en la historia y al mismo tiempo nos rescata de toda la oscuridad que contiene, permitiendo que la música, junto con Venecia, se lleve todo el protagonismo.