Un monumento con apariencia religiosa y fuerte mensaje moral

La inclusión en el texto de nueve poemas de Wilfred Owen, escritos durante la Primera Guerra Mundial, le aporta al War Requiem una dimensión pacifista, laica y universal
Sobre la obra

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Aunque el War Requiem no es una ópera, Britten tampoco especificó qué tipo de obra era –puede ser oratorio, misa o sinfonía– y la inclusión de una leve trama alrededor de los poemas pacifistas de Wilfred Owen permite abordar la pieza como si estuviera pensada para el escenario. Wolfgang Tillmans, responsable de la escenografía, plantea un sutil juego de significados a partir del uso de la luz, las pantallas de vídeo y las metáforas.

 

En 1961, Benjamin Britten recibió el encargo de escribir una pieza con motivo de la nueva consagración de la catedral de Coventry, una de las joyas de la arquitectura gótica inglesa –la construcción original es del siglo XIV–, que había sido destruida por los bombarderos alemanes durante los ataques aéreos de Hitler contra Inglaterra durante la Segunda Guerra Mundial. Aunque en la fecha del estreno del War Requiem –al año siguiente, el 30 de mayo de 1962– la catedral aún estaba en ruinas, la idea era alzarla de nuevo, y la pieza de Britten tenía que simbolizar la victoria de los valores de la paz y la reconciliación sobre los de la guerra y la destrucción.

Benjamin Britten era un convencido pacifista y objetor de conciencia. Había sido junto con su pareja, el tenor Peter Pears, como tantos otros ingleses, testigo de los horrores del conflicto, y muchos de sus amigos fallecieron durante los bombardeos o en el frente. De modo que aceptó el encargo con la idea de infiltrar en la obra final buena parte de sus ideas sobre la paz y la concordia entre los pueblos. Y aunque formalmente es un réquiem –es decir, una misa de difuntos, que incluso incorpora el texto en latín usado desde la Edad Media en la liturgia cristiana y en otros réquiems famosos de la historia de la música, como el de Mozart o el de Verdi, que Britten tomó como modelo en su proceso de composición–, en realidad no puede decirse que esta sea una obra religiosa. Podría tener esa función y en ocasiones así se ha interpretado, pero Britten pensó en una composición con un alcance humanista más amplio. Imaginó, de hecho, una obra sobre la vida y la muerte, y sobre la maldad de los hombres vencida siempre por la idea del bien. Nada fácil en un contexto, por entonces, dominado por la tensión nuclear alimentada por la Guerra Fría.

La gran aportación de Britten, más allá de la enorme y compleja escala musical de la partitura –escrita para orquesta sinfónica, orquesta de cámara, coro mixto, coro infantil y tres voces solistas–, fue, por encima de cualquier otra, la inclusión en el texto de un ciclo de nueve poemas –que son más lieder en la tradición de Schubert, Wolf o Strauss antes que arias– escritos por Wilfred Owen. Owen fue un poeta inglés que habría pasado a la historia, de no haber sido por el rescate de Britten, por las absurdas circunstancias de su muerte: fue uno de los últimos soldados en morir en la Primera Guerra Mundial, durante la última semana de combates, en noviembre de 1918. Owen era un poeta apenas conocido, pero la publicación de sus textos póstumos, escritos en las trincheras, sorprendió por el profundo calado antibelicista de su mensaje y el calor de sus palabras.

La intercalación de los poemas de Owen, que cantan las dos voces masculinas –el tenor representa a un soldado inglés; el barítono, a uno alemán–, es lo que le da al War Requiem esa dimensión secular y, también, la que permite propuestas como la puesta en escena planteada por Daniel Kramer y Wolfgang Tillmans, pues indican no solo una posición moral, sino también un esbozo argumental a partir del cual construir una obra escénica a su alrededor. Básicamente, una reflexión sobre cómo la guerra envenena el alma de los hombres y cómo es preciso volver a recuperar la paz, aunque sea después de la muerte.

 

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