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Dvořák y Rusalka: la ópera que marcó la cultura eslava

La producción de Christof Loy sitúa la acción en un lago simbólico, un espacio entre la vida y el arte. Rusalka, que no puede hablar ni caminar después del ritual mágico, queda atrapada y frustrada, incapaz de ser amada. Esta propuesta moderna y psicológica explora el conflicto entre la realidad y la fantasía.

En 1895, Antonín Dvořák regresó a Praga después de haber vivido cuatro años en Nueva York, donde impartió clases en el conservatorio de la ciudad. Ese período coincidió con la ratificación definitiva de su estatus como uno de los principales compositores de repertorio sinfónico y de cámara a nivel mundial: de su aventura americana, Dvořák trajo su novena sinfonía, conocida como la Sinfonía del Nuevo Mundo, y por tanto la confirmación definitiva de su inclusión indiscutible en la historia de la música. Pero, a pesar de haber alcanzado la fama, el respeto y el prestigio, con más de cincuenta años el compositor checo aún tenía un sueño pendiente y una misión por cumplir: dejar una huella profunda en la ópera y, si fuera posible, en su propia lengua. El teatro musical había sido el amor más sincero e intenso de Dvořák en su vida y así lo indicó en 1904 en una entrevista con el diario vienés Die Reichswehr (La defensa imperial), donde declaró que consideraba la ópera como la vía más adecuada para dejar huella en la vida y las emociones del público y reforzar el legado cultural de los pueblos. Cuando murió ese mismo año, Dvořák había compuesto un total de diez óperas, aunque solo una, Rusalka, estrenada en 1901, tendría el impacto que buscaba.

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Escena de Rusalka (© Teatro Real de Madrid)

Dvořák escribió su primera ópera, Alfred, en 1870, cuando tenía 35 años. Fue una obra fuertemente influenciada por la grandiosidad inevitable de Wagner y promovida por quien fue su maestro y gran protector, Bedřich Smetana, el padre de la corriente nacionalista checa. Smetana era además el director musical de una institución, el Teatro Provisional de Praga, que se dedicaba a impulsar la ópera en checo dentro del Imperio Austrohúngaro, donde la cultura oficial debía ser en alemán. Dvořák había sido músico en la orquesta del Teatro Provisional y fue mostrando a Smetana sus obras juveniles: Alfred estaba escrita en alemán y tuvo que estrenarse en otro espacio, pero su siguiente obra, El rey y el leñador (1872), ya aceptaba plenamente las tesis de Smetana: una música moderna y al servicio de la construcción nacional del pueblo checo. Dvořák, sin embargo, fue más allá y su enfoque nacionalista se amplió a todo el mundo eslavo. En cualquier caso, sus óperas acumularon éxitos, aunque solo a escala local: el prestigio internacional del compositor se cimentó gracias a sus sinfonías, su faceta como director de orquesta y, ya en los años que pasó en Estados Unidos, con su Concierto para violonchelo. Dvořák lo tenía todo menos un gran éxito operístico internacional.

Escena de Rusalka (© Teatro Real de Madrid)
Escena de Rusalka (© Teatro Real de Madrid)

No obstante, una vez instalado de nuevo en Praga, Dvořák recibió un aviso de su amigo František Šubert, el director del Teatro Nacional: un joven poeta, Jaroslav Kvapil, había escrito un libreto inspirado en las leyendas eslavas y en varios cuentos del romanticismo europeo que trataba sobre una ondina, una ninfa de los ríos, que anhelaba convertirse en mujer y vivir en el mundo de los humanos con un príncipe del que se había enamorado. No solo seducía la historia —inspirada en La Sirenita, de Hans Christian Andersen, y en el cuento romántico alemán Ondina, de Friedrich de la Motte Fouqué—, sino también su estrecha conexión con la cultura popular de los pueblos del este de Europa.

«Envuelta en una hipnótica atmósfera wagneriana, Rusalka es la historia de una ninfa de las aguas que se enamora de un príncipe humano y fracasa en su intento de amar.»

Obsesionado por las múltiples posibilidades de la obra —que además estaba envuelta en una atmósfera wagneriana de magia, amor imposible, muerte y maldición—, Dvorák compuso la música y completó su mejor partitura lírica: el estreno, en 1901, fue un éxito en Praga y también un fenómeno que se extendió por todo el mundo, gracias sobre todo al poder hipnótico de la primera aria de la protagonista, la “Canción de la luna”. Este es el número central y majestuoso de una ópera sin altibajos que cumplió el sueño de Dvorák: universalizar la cultura popular checa y dejar un valioso legado a su propio pueblo.