Händel dedicó más tiempo del habitual a esta obra para pulir sus cualidades: una orquestación rica, melodías inolvidables y una dimensión dramática difícil de encontrar en la ópera barroca. La producción de Calixto Bieito se centra en los aspectos morales de la historia y, sobre todo, en el lado oscuro del deseo y del poder.
Aunque en Giulio Cesare abundan los personajes históricos —algunos muy conocidos, como el general romano Julio César y la reina egipcia Cleopatra—, esto no significa que la obra tenga una intención documental. La ópera seria del siglo XVIII, de la cual esta es un claro ejemplo, buscaba en los acontecimientos del pasado y en los relatos mitológicos un modelo de conducta, una guía moral que mostrara las virtudes y defectos del carácter humano. Y aunque la base del relato se encuentra en diversos textos clave (y sesgados) de la historiografía romana —la Farsalia de Lucano y los Comentarios sobre la guerra civil de Julio César, entre otros—, el interés del libretista Nicola Francesco Haym, que adaptó una versión anterior de 1676 escrita por Giacomo Francesco Bussani para una ópera de Antonio Sartorio, no era tanto reconstruir una trama como reflexionar sobre el poder. Hay un verbo que se repite constantemente en el libreto y que comparten varios personajes de la ópera: gobernar.
«Bieito no aborda esta ópera como un documento histórico, sino como una exploración de la naturaleza humana, especialmente en lo que respecta a la dimensión tóxica de la obsesión por el poder.»
Los personajes principales están obsesionados con alcanzar el poder a cualquier precio: Giulio Cesare quiere reafirmar su victoria sobre Pompeyo, por eso otorga el perdón a su viuda y a su hijo —extinguiendo así cualquier deseo de venganza hacia él, que acabarán proyectando sobre el rey Tolomeo—, mientras que este aspira a dominar Egipto en solitario y, por ello, asesina a Pompeyo para complacer a Cesare. Cleopatra, por su parte, utiliza sus infalibles armas de seducción para atraer a Cesare y usar su poder contra Tolomeo. De este modo, se confrontan distintas formas de gobernar: con violencia y crueldad o con generosidad y virtud.
Por tanto, Giulio Cesare es un catálogo extenso de pasiones humanas y, de la misma manera que a Haym y Händel no les interesaban especialmente los hechos —pero sí las motivaciones más profundas de los personajes—, al director de escena burgalés Calixto Bieito tampoco le obsesiona el trasfondo histórico, sino todo lo que esta ópera puede decir sobre la naturaleza humana. Su propuesta, una coproducción entre el Gran Teatre del Liceu y la Dutch National Opera, que fue recibida con mucho entusiasmo en su estreno en Ámsterdam en 2023, traslada la trama a un tiempo presente muy genérico, que se percibe esencialmente en el vestuario —Giulio Cesare, Tolomeo y sus ayudantes, Curio y Achilla, visten de forma elegante, con traje y corbata, como si fueran miembros de un gobierno o del consejo de administración de una multinacional— y en la neutralidad del escenario. Bieito propone una escenografía funcional y, hasta cierto punto, aséptica, con una estructura flexible en el centro del escenario que sirve de plataforma para que los personajes suban, bajen o aparezcan por detrás. A esto se suma un fondo oscuro, una iluminación intensa sobre los cantantes y, en el episodio del Parnaso —al inicio del segundo acto—, la atmósfera lumínica es más onírica y cálida, ya que es el momento en que Cleopatra muestra sus dotes de seducción.
«La escenografía minimalista deja suficiente espacio para enfatizar la dramaturgia, de manera que los personajes se muestran como arquetipos de sus conflictos morales.»
Pero lo que realmente marca esta producción es la dramaturgia, la manera en que Bieito caracteriza a cada personaje según su psicología, y cómo la tensión entre los diferentes deseos articula el desarrollo de la trama hasta el final, cuando Giulio Cesare triunfa gracias a su generosidad y compasión, otra vía —menos cruel, pero igualmente eficaz— para vencer a los enemigos y conseguir el poder, que queda representada en la ofrenda que hace a Cleopatra: un trono que, siguiendo la memorable tradición provocadora e iconoclasta de Bieito, es un inodoro. La historia de Giulio Cesare, además, está plagada de momentos crueles o de una astucia perversa que ofrece a Bieito la oportunidad de impactar al público evitando los excesos escénicos gratuitos y, por tanto, empleando recursos como el erotismo, el asco o el ridículo para completar el diagnóstico psicológico de los personajes. Por ejemplo, al inicio del primer acto, el emisario de Tolomeo, Achilla, entrega a Cesare la cabeza de su enemigo, Pompeyo.
En el libreto, Cesare se muestra horrorizado al ver los restos sangrientos de su rival. En la escena, como era de esperar, se muestra la cabeza para que el público pueda compartir el disgusto del personaje mediante un recurso escénico claramente explícito. Y aún otro ejemplo: para conseguir la ayuda de Cesare, Cleopatra se hace pasar por Lidia, una de las sirvientes, con el fin de seducirlo. Se presenta ante él como una joven atractiva —muy del siglo XXI, con chándal, sudadera con capucha y zapatillas— con la esperanza de excitar la libido de un hombre impresionable que rápidamente inicia un ritual de cortejo descarado y bastante grosero.
«Fiel a la naturaleza explícita del libreto, Bieito aprovecha diferentes momentos del texto para confrontar al público con la violencia y la pulsión sexual más primaria.»
Bieito, sin embargo, nunca intenta ser gratuito o vulgar. Todos estos matices escénicos —en las miradas, en el contacto físico entre personajes, en el atrezzo que enfatiza aspectos crueles o impulsos primarios— subvierten la tesis inicial: Giulio Cesare es una ópera sobre el poder y sobre las posiciones morales que intentan conquistarlo o mantenerlo, pero que a la vez ridiculiza a aquellos que son seducidos por el poder, ya que, aunque el libreto sugiere que al final la virtud se impone a la mezquindad, en realidad el comportamiento honesto de Cesare es falso, no está al servicio de un bien absoluto, sino de un interés personal. La moralidad, por lo tanto, es clara: el poder siempre es deshonesto, por mucho que se presente con buenas intenciones.