Momentos musicales clave

Asmik Grigorian, la mejor Rusalka de la década

Después de su paso por Nueva York, Dvořák regresó a Praga decidido a retomar la composición operística. En 1901 estrenó 'Rusalka', inspirada en leyendas eslavas y en 'La sirenita' de Andersen: una ópera de aire wagneriano sobre una ninfa que, por amor a un príncipe, queda atrapada entre dos mundos.

Acto I. Rusalka
Mesicku na nebi hlubokém

La ondina Rusalka se ha enamorado de un príncipe y le pide a Vodník, su padre, que le permita convertirse en una mujer humana. El espíritu de las aguas le desaconseja ese camino, ya que la destruirá, pero ella está dispuesta a llegar hasta el final. Antes de someterse a un ritual mágico, Rusalka se dirige a la luna y le pide que le dé fuerzas. Esta aria, de un lirismo torrencial y una melodía inolvidable, es el momento más hermoso y conocido de la ópera, una pieza que se ha consolidado en el repertorio de cualquier soprano dramática.

Acto II. Ballet
Slavnosti hudba

El interés de Dvořák por el folclore de Bohemia y la cultura eslava en toda su amplitud no se limitó a la mitología; también incorporó diversas danzas populares en Rusalka, que, además de aportar un punto de ligereza a la gran densidad de la obra, le sirven para diferenciar el mundo mágico de la ondina del plano material de los humanos. En este ballet, que tiene lugar durante el día de la boda de Rusalka —y que será cancelado por una infidelidad del príncipe—, no solo se muestra la belleza de las danzas checas, sino también la incapacidad de Rusalka para bailarlas, ya que sus piernas son débiles.

Acto III. Rusalka, príncepe
Milácku, znás mne, znás?

Cuando Rusalka se transforma en mujer, pierde la capacidad de hablar y no puede comunicarse con el príncipe. No es hasta el final, cuando ambos se reencuentran en el mundo de las aguas, que puede producirse el esperado dúo entre la soprano y el tenor. Este final de la ópera, en el que el príncipe muere después de que la ondina le dé un beso, es un momento de apasionada intensidad y preciosismo lírico, con una orquestación en la mejor tradición wagneriana. De hecho, históricamente se ha establecido una clara relación entre el final de Rusalka y el de Tristan und Isolde.

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Escena de Rusalka (© Teatro Real de Madrid)

En escena

El papel protagonista de Rusalka, la ondina que sacrifica su cómoda vida eterna en el mundo mágico del genio acuático Vodník por una existencia humana y mortal, es de una enorme complejidad para cualquier soprano dramática. Los factores son diversos y se acumulan sin piedad: para empezar, es un rol cantado en checo, un idioma poco habitual en el repertorio operístico, con una fonética exigente, y además el personaje prácticamente no abandona el escenario durante las casi dos horas y media que dura la obra. Esto no quiere decir que cante siempre, ya que en el segundo acto el papel de Rusalka permanece en silencio durante mucho tiempo, pero sí participa en la acción en todo momento, lo que implica que la cantante también debe tener una importante dimensión actoral. Ser Rusalka no es fácil: los variados sentimientos que atraviesan al personaje —desde el deseo sexual hasta la desesperación por no encontrar una salida a su angustia existencial, pasando por situaciones humillantes o en las que debe ser compasiva— hacen que esta ondina sea un ser complejo que además debe cantar con una fuerza torrencial.

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Escena de Rusalka (© Teatro Real de Madrid)

En resumen, Rusalka exige cantantes excelentes en términos técnicos, interpretativos y físicos —el papel importante al que más se acerca la ondina de Dvorák es Isolda de Wagner—, y estas cantantes aparecen en cantidades muy limitadas en cada generación. En esta década, la Rusalka más convincente la ha interpretado la soprano lituana Asmik Grigorian, una intérprete con una voz clara y potente y una expresividad ideal para el torbellino de emociones que rodean a Rusalka. Ella será la protagonista absoluta de seis de las siete funciones programadas —en la sesión del 6 de julio, en el marco de la iniciativa Ópera entre generaciones, que busca unir miembros mayores y jóvenes de cada familia en torno a la magia de la obra, la rusa Olesya Golovneva, otra gran especialista en este papel, la reemplazará— y a su alrededor girará un elenco equilibrado formado por talentos locales y grandes estrellas internacionales. El papel protagonista masculino, el del príncipe, escrito para tenor spinto con aire wagneriano, lo cantará el polaco Piotr Beczala, excepto en la función del 6 de julio, en la que actuará el norteamericano Ryan Capozzo.

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Escena de Rusalka (© Teatro Real de Madrid)

Los otros papeles principales recaen en una sola voz en todas las funciones programadas: el bajo griego Alexandros Stavrakakis interpretará a Vodník, el genio de las aguas, y la soprano finlandesa Karita Mattila será la princesa extranjera que seduce al príncipe amado por Rusalka. La bruja Jezibaba será interpretada por la mezzosoprano alemana Okka von der Damerau, y los papeles secundarios restantes serán para Manel Esteve (el guardabosques Hajny), David Oller (Lovec, el cazador) y Laura Orueta (Kuchtík, la auxiliar de cocina). Las tres ninfas del bosque estarán encarnadas por tres jóvenes cantantes: Laura Fleur, Alyona Abramova y Julietta Aleksanyan. La dirección musical, finalmente, estará en buenas manos: el maestro Josep Pons se pondrá una vez más al frente de la Orquesta Sinfónica del Gran Teatre del Liceu para extraer toda la densidad de la partitura postwagneriana de Dvorák en su última batuta de esta temporada.