'Rusalka' es una ópera popular no tan representada como sería deseable, que vuelve al Liceu por tercera vez en poco más de un siglo, con una producción simbólica de Christof Loy y un deslumbrante reparto de grandes voces líricas internacionales.
El tipo de ser fantástico que representa Rusalka, una ninfa de las aguas con cualidades sobrenaturales —por ejemplo, la inmortalidad—, se encuentra en todas las mitologías occidentales, desde la grecolatina hasta la celta, pasando por la germánica; a lo largo de la historia, estas criaturas se han convertido en sirenas, hadas, ondinas, princesas Disney y, si nos vamos al mundo de la ópera, incluso en las tres hijas del Rin de Der Ring des Nibelungen (El anillo del nibelungo), de Wagner. En el folclore eslavo, que tanto interesaba a Antonín Dvořák, estas criaturas siempre tenían un componente benéfico: podían cambiar el mundo una vez al año, interactuar con los hombres y seducirlos, pero si fracasaban en su único intento, debían resignarse a no poder volver a su estado original y aceptar su mortalidad. Es decir, detrás del halo fantástico que envuelve la historia de Rusalka hay un conflicto vital que puede resonar de muchas maneras, ya que, al fin y al cabo, esta ópera también habla del destierro, de la pasión irracional, de la traición a la confianza y de la frustración por no encontrar un lugar en el mundo. Habla, en definitiva, de la vida.
En la puesta en escena dirigida por Christof Loy que ahora llega al Liceu —una coproducción con el Teatro Real de Madrid, el Palau de les Arts Reina Sofía de València y la Staatsoper de Dresde—, la ópera de Dvořák se desprende de los marcos fantásticos más puros (y evidentes) para operar en una escala simbólica y hablar, por encima de todo, de la individualidad incomprendida y del alto precio que se paga cuando no se encaja en las convenciones sociales.
La propuesta del director alemán parte del siguiente planteamiento: Rusalka es, en esta producción, una artista sin papel asignado que aún no ha descubierto cuál es su lugar. El mundo de Vodník, el genio padre de la protagonista, es un lago simbólico en el que la serenidad ha dado paso al desgaste provocado por el paso del tiempo y donde habitan todo tipo de artistas que vivieron tiempos mejores: hay malabaristas, actrices, cómicos.
Cualquier criatura de ese lugar tuvo en su momento la capacidad sobrenatural de crear arte y modificar los estados de ánimo. Pero no es el caso de Rusalka, que quiere huir y sublimarse porque tiene una desventaja: sufre una lesión que le impide caminar bien y necesita apoyarse en dos muletas.
Este mundo al servicio de la imaginación está cerca del espacio de los hombres, y Rusalka cree que podría ser su lugar: se ha enamorado del príncipe y comenzará su viaje para convertirse en una mujer humana. Pero su naturaleza fantástica no encajará en ese otro mundo prosaico, vulgar e instintivo. Quiere transformarlo con el arte y el amor (que tal vez sean lo mismo), pero fracasa.
«La producción de Christof Loy reflexiona sobre el estado de incomunicación y vacío en el que caemos cuando el arte deja de funcionar como motor de la vida.»
La propuesta de Christof Loy, un director que siempre busca construir un plano simbólico por encima de la lectura textual de los libretos de ópera —y que invita a reflexionar sobre la compleja naturaleza humana—, plantea finalmente varias preguntas: ¿pueden existir el arte y el amor absolutos, o son ideales que chocan con un mundo en el que todos somos imperfectos? ¿Qué ocurre cuando el arte no puede cambiar el mundo para mejor? ¿Y cuál es la función de los artistas que no encuentran su lugar?
El personaje de Rusalka, que a lo largo de toda la ópera vive en un estado permanente de incomunicación y ansiedad, es una figura constantemente atormentada: no puede caminar, no puede hablar —al menos desde que la bruja Jezibaba le da la poción mágica que la transforma en mujer, con efectos tan destructivos como la que recibe Isolda en la ópera de Wagner, a quien Dvořák tanto admiraba—, y tampoco puede dar marcha atrás ni arrepentirse de sus decisiones.
Su camino, como el del arte, es un compromiso de por vida, en el que hay que aceptar las consecuencias de las decisiones y resistir todas las adversidades. Al final, como en la tragedia griega, Rusalka genera su propia catarsis y cumple su propósito creativo, pero se queda sola para siempre.
Toda la acción de la ópera se desarrolla en un mismo espacio. En el libreto original, el primer acto transcurre en el reino fantástico de Vodník y la última escena nos lleva al bosque del príncipe, mientras que el segundo se sitúa íntegramente en el castillo y el tercero regresa al lago del que surgió originalmente el ondina Rusalka. En esta producción, ambos mundos —el fantástico y el terrenal— coinciden en una franja liminar que representa un híbrido entre lago, castillo y teatro, que permite la circulación de personajes e ideas.
En este marco flexible, Christof Loy puede contarnos el cuento de hadas —la fantasía no se evapora en esta producción, sino que se infiltra en la realidad de forma insidiosa— con un lenguaje adulto, que al fin y al cabo siempre fue la función de este tipo de literatura: tratar temas humanos complejos, moralmente conflictivos, con una forma exterior simple y una profundidad interior estremecedora.
Porque el silenciamiento, la discriminación, el bullying y la negación de auxilio son temas serios de los que también habla esta producción, que convierte una historia aparentemente sencilla en una compleja exploración de las relaciones humanas.